viernes, 6 de septiembre de 2013

La fe se convirtió en luz para sus ojos




En octubre del 2011, el Papa Benedicto XVI sorprendía a la Iglesia convocando a todos sus fieles a celebrar un "Año de la Fe". En su carta Porta fidei nos invitaba "a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo" (PF 6) y nos daba como referencia, entre otros elementos básicos, el Catecismo de la Iglesia Católica y el Credo, como dos pilares en los que se fundamenta y alimenta nuestra fe.

Si Ángeles Sorazu Aizpurua, concepcionista franciscana del monasterio de La Concepción en Valladolid, hubiera escuchado del Papa Benedicto esta invitación, sin duda se hubiese desbordado de gozo y con fervor redoblado se hubiese entregado sin reserva a la vivencia de este año en actitud de conversión, renovación interior y entrega fiel a la Iglesia, a la que amó como a verdadera Madre.

En sus escritos se percibe sin esfuerzo una honda vivencia de la fe, cuyo contenido sostuvo su vida y alentó su entrega fiel al Señor. No podemos hacer aquí una detallada exposición del perfil de Madre Ángeles como mujer creyente ni detallar cómo vivió su fe, pero podemos afirmar que toda su vida es una auténtica profesión de fe. Señalaremos únicamente en su amor al Catecismo y al Credo.

Su amor a la Iglesia se deja traslucir, entre otras cosas, en su adhesión a la doctrina de la fe recogida en el catecismo, su oración por el Sumo Pontífice y su ardor evangelizador, que la encendía en deseos de recorrer el mundo hablando a todos de Jesucristo, amándole y haciéndole amar por todos.

Desde los primeros pasos de su vida cristiana conoció y aprendió el catecismo, cuyo contenido, nos dice que "se le presenta al alma en el esplendor de su santidad y belleza" (VE 53) al mismo tiempo que la iluminan para discernir lo cierto y lo errado de su conducta.

El conocimiento del catecismo y sus contenidos despierta en ella un "afecto y devoción especial a los misterios de la fe cristiana, preceptos divinos y demás virtudes y sacramentos consignados en el sagrado libro del catecismo". El conocimiento la enciende en amor y la impulsa a dar un paso más: "Todos los días dedica un tiempo considerable a la atenta meditación o memoria de los mismos"(VE 59).

Su fe orientó con acierto su existencia encontrando en Dios el sentido de su vida: "La causa y razón de mi existencia está en Dios", que completa en otro lugar: "Dios me creó y llamó para amarle y servirle en esta vida y después gozarle en la eterna".

De todo ello se deriva rápidamente la firme determinación de armonizar de modo coherente su persona con el fin al que ha sido destinada: "Quiero que mi ser corresponda a su origen divino, siendo santa y divina, como lo es, la causa productora de mi ser que es Dios". Seguirá el modo concreto mediante la cual hará realidad su propósito: "Volviendo al estado de gracia y hermosura que tenía cuando salí de las manos de Dios". Y continúa su escrito señalando el camino de vuelta a esta hermosura original: el amor y la confianza, los sacramentos de la Confesión y la Eucaristía, la práctica de las virtudes teologales y la recta intención de agradar a Dios en todas las acciones, especialmente aquellos deberes que se derivan del propio estado. Indicará además el catecismo como una de las fuentes mediante las cuales puede descubrir la voluntad de Dios y guardar su Palabra.

Madre Ángeles es consciente de la necesidad de purificación interior para alcanzar su meta y la incapacidad para llegar a ella por sí misma pero esta realidad, lejos de desalentarla la impulsa a orar con mayor audacia: "Soy un ser incompleto. Mi complemento es Dios. Con el ansia con que una estatua dotada de razón pediría al escultor los ojos o los últimos retoques que le faltasen para su complemento y perfección, debo pedir a mi Dios y desear el complemento de mi ser que no es otro que el mismo Dios, la posesión de Dios, ser poseída de mi Dios, absorta en Él, informada en su Bondad infinita, para vivir y obrar divinamente en todo".

Sabemos además que rezaba diariamente, con atención y devoción, el Credo, proponiéndose vivir conforme a la fe que profesaba con sus labios. Sus escritos están sembrados de oraciones que espontáneamente brotaron de su corazón y han llegado hasta nosotros a través de su ágil pluma. Es la oración de una mujer de fe que rebosa gratitud y aprecio por las maravillas de Dios y la generosidad de su bondad; oración y sentimientos que podemos hacer nuestros: "Yo, Jesús mío, agradecida al inmenso beneficio que me dispensaste haciéndome cristiana, me consagro y entrego a Vos toda. Recibidme y guardadme como cosa que os pertenece, reconocedme por vuestra y, después de haberos amado y servido en esta vida, llevadme a vuestro lado al cielo, a cantar eternamente vuestras grandes misericordias".

A las seis de la mañana del 28 de agosto de 1921, domingo, en medio de grandes sufrimientos y con un copioso vómito de sangre, Madre Ángeles exhalaba su último suspiro entregando su alma a Dios. Era enterrada, como ella misma había pedido, con el Catecismo en las manos y una estampa de María Inmaculada. Fiel hija de la Virgen Inmaculada y de la Iglesia, en su seno quería descansar y vivir para siempre. Su fama de santidad admirada ya por las mismas hermanas que convivieron con ella ha perdurado hasta nuestros días. La Sierva de Dios, M. Ángeles Sorazu, espera el día en que la Iglesia reconozca y proclame oficialmente su santidad. Mientras, ella sigue dando testimonio de su fe a través de sus escritos y de las gracias que constatan las personas que, encomendándose a ella, han recibido por su intercesión.

En Ángeles Sorazu se ha hecho realidad lo que el papa Francisco afirma en su reciente encíclica: "En la fe, el "yo" del creyente se ensancha para ser habitado por Otro, para vivir en Otro, y así su vida se hace más grande en el Amor" (LF 21); "quien ha sido transformado de este modo, adquiere una nueva forma de ver, la fe se convierte en luz para sus ojos" (LF 22).


martes, 25 de diciembre de 2012

CELEBRAR LA NAVIDAD EN EL AÑO DE LA FE

Ángeles Sorazu nos invita esta Navidad a vivir el Año de la Fe acogiendo el misterio de Dios en la teofanía de su AMOR, visible en su Hijo Encarnado, 
que se nos da en su Palabra y en el Pan de la Vida.
¡Dichosa tú, María, que has creído,
y dichoso cada creyente que abre su corazón 
a Dios hecho don!


Imagen del Niño Jesús que Madre Ángeles tenía en su celda y que se conserva actualmente en su Monasterio de La Concepción (Valladolid) junto a otros objetos de su uso.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Ángeles Sorazu enjesusada ante el Corazón de Jesús

Centro Diocesano del Corazón de Jesús
C/. del Santuario, 26 VALLADOLID

22 de Septiembre de 2012

Presentación dela figura de Ángeles Sorazu, fama de santidad y proceso de beatificación, por el Dr. D. Ramón Olmos Miró, mCR, vicepostulador de la Causa

La espiritualidad del Corazón de Jesús, vivida por Ángeles Sorazu, por Hna. Mª Nuria Camps Vilaplana, OIC.
Asistencia abierta a todas las personas que deseen conocer mejor a esta mística concepcionista de comienzos del s. XX


sábado, 9 de junio de 2012

Ante la Eucaristía...



Mi Amante y Amado,
centro de mi descanso y mi todo.
(Autobiografía 332)

Oh, amante Prisionero mío, Divino Jesús, os adoro y saludo con júbilo de mi corazón aqui y en todas las Iglesias del mundo donde estáis sacramentado. 
Gracias mil, porque os dignásteis venir a mi pecho esta mañana. Bien sabéis con qué ansias deseo recibiros nuevamente en el Sacramento de vuestro amor, mas ya que esto no es posible, dignáos venir a mi alma espiritualmente, y quedáos conmigo para siempre.

Madre mía Purísima, os amo con todo mi corazón, como a mi única y verdadera Madre que sois. Recibidme por hija y cuidad de mi alma como de cosa que os pertenece.

Y Vos, Ángel santo, celestial compañero de mi vida, Espíritu amable a quien Dios encomendo mi alma pecadora, id al templo donde está Sacramentado vuestro Dios y mi Dios, y reside vuestra Reina y mi querida Madre, y decid de mi parte, a Hijo y Madre que suspiro por verles, por que llegue la hora de ir a su lado y acompañarles.

Mientras llega este momento tan deseado de mi alma, que me den su bendición, que no aparten de mí su mirada, que encaminen hacia mi alma la corriente de sus gracias y dones, para que, terminada mi labor, cuando vuelva a su lado, me presente llena de gracia y pueda hacerles grata mi compañía.

Y vosotros, ángeles del sagrario, que tenéis la dicha de vivir siempre en compañía de mis soberanos amores, amad en  mi nombre a Hijo y Madre, y procuradles toda la gloria y complacencias posibles, más toda la gloria que indudablemente les procuraría mi alma si estuviera a su lado en el sagrario, entregada de lleno a su amor.

lunes, 19 de marzo de 2012

SUBIMOS A JERUSALÉN...

Padre Santo,
así como te dignaste revelarme la infinita excelencia de mi Dios Humanado,
para que lo estime y ame,
dígnate ahora revelarme sus sufrimientos,
úneme a Él paciente, para que participe sus penas como he participado su gloria.
Tengo hambre de sufrimientos.
No puedo vivir privada del inestimable tesoro de la cruz de Jesucristo.
Ven, Dios mío. Espíritu Santo, socórreme, condúceme al Calvario,
clávame en la cruz de mi Dios Humanado,
identifícame con Él en su acto de amor supremo al Padre
 y a la humanidad que redime con su muerte expiatoria. Amén.

martes, 1 de noviembre de 2011

El carisma de santa Beatriz vivido por Ángeles Sorazu - Congreso OIC - Fátima 2011

1. Una Regla para la “vida”
Celebramos este año el V centenario de la aprobación de la Regla de la Orden de la Inmaculada Concepción. Es un acontecimiento de gracia no sólo para las concepcionistas franciscanas sino para toda la Iglesia.
Una Regla monástica no es simplemente un conjunto de normas que han de observarse escrupulosamente para la buena marcha de un grupo religioso, como aparentemente alguien pudiera pensar. En ese caso, el centenario que celebramos tendría muy poco valor.
La Regla de una Orden contiene una forma de vida y surge siempre bajo la inspiración de un carisma. Redactada en fidelidad a dicha inspiración, viene a constituirse en “alma” que alienta la vida y el desarrollo de dicha Orden.
La Regla da estabilidad y consistencia al carisma, por ello toda Orden monástica necesita de una Regla, mientras que, a su vez, toda Regla necesita de los miembros vivos de la Orden, en quienes poder “encarnar” el carisma fundacional, para que ésta adquiera su pleno sentido y dinamismo. Se produce, así, una intercomunicación vital por la cual el carisma, plasmado y conservado cuidadosamente en la Regla, se pone de manifiesto en el ser y el hacer de las personas que han abrazado este género de vida como camino de seguimiento de Cristo.
Hallamos entonces que no hay oposición sino complementariedad entre “Espíritu” y “Regla”, ya que ésta contiene en sí y transmite, la fuerza dinamizadora del Espíritu Santo, al mismo tiempo que el don del Espíritu Santo se expresa en la Regla.
De este modo, “Regla monástica” y “Familia religiosa” confluyen al servicio de una única finalidad: la glorificación de Dios a través de la realización de un plan de salvación, proyectado amorosamente desde la eternidad y manifestado en el tiempo al fundador.

2. Santa Beatriz y la Regla de la Orden de la Inmaculada Concepción
El Espíritu Santo inspiró el carisma concepcionista a santa Beatriz. Ella es depositaria y transmisora del mismo a sus primeras compañeras, las cuales, a su vez, se ocupan de que la semilla recibida y comunicada por santa Beatriz, quede expresada en totalidad y veracidad en la Regla de la Orden.
Permítaseme subrayar los términos “totalidad” y “veracidad”, ya que con ello afirmamos la integridad de la Regla, es decir, que ésta contiene, en germen, “todo” lo que Beatriz recibió y legó a la Orden, y lo contiene en absoluta “fidelidad” a la Santa Fundadora, garantizando así la autenticidad del don recibido del Espíritu Santo.
Podemos concluir, por tanto, que la Regla de la Orden de la Inmaculada Concepción contiene los núcleos del carisma concepcionista, que, en su realidad pneumatológica, está llamado a desarrollarse y expresarse en las concepcionistas de todos los tiempos y lugares.
En ellas, se hace visible el único y específico carisma de la Orden, si bien, en cada hermana se presenta con un rostro propio y peculiar. Siguiendo el principio de que la gracia no destruye la naturaleza, hallamos que el carisma es dado a cada hermana, la cual lo integra en su ser, de modo único e irrepetible, desde la historia de amor de Dios hacia ella, sin que esto signifique deterioro alguno del carisma.

3. El carisma de Santa Beatriz y sus hijas
La cadena ininterrumpida de hermanas que a lo largo de estos quinientos años han mantenido viva la lámpara que el Espíritu encendió en santa Beatriz es larga por el número de eslabones y fuerte por los frutos de santidad que la adornan.
Merecen especial mención, en Toledo, las Madres Catalina Calderón y Juana de San Miguel, sucesoras directas de santa Beatriz; M. María de Jesús de Ágreda (Soria) -por su fama de santidad y por sus escritos, de entre los que destaca la famosa y divulgadísima “Mística Ciudad de Dios”-; M. Teresa Romero –en Hinojosa del Duque (Córdoba), por su impulso en la causa de beatificación de la hoy santa Beatriz-; todas ellas monjas españolas.
Muy pronto la Orden superó los límites de las fronteras de España para saltar al Nuevo Mundo, en 1540; destacan las Madres:  María de Jesús -conocida por “El lirio de Puebla”, en México-; Mariana de Jesús –en Quito, Ecuador-; Juana Angélica –en Brasil-; y cómo no citar a la concepcionista portuguesa, Sor Custodia –perteneciente al ya desaparecido monasterio de Braga-, en su ardiente amor a la Eucaristía; además de otras figuras que omitimos por razón de brevedad[1].
Quisiera centrar la atención en una mística concepcionista de principios del S. XX, actualmente en proceso de beatificación, M. Ángeles Sorazu Aizpurua (Zumaya –Guipúzcoa- 1873 – Valladolid 1921) y resaltar su estrecha comunión con santa Beatriz. La Regla de la Orden que ambas vivieron, viene a ser, sin lugar a duda, el punto de encuentro y unión entre madre e hija, venciendo las diferencias que marcan cuatro siglos de distancia, con su respectivo entorno geográfico, histórico, cultural y eclesial.
Santa Beatriz vivió una Regla, que no llegó a conocer en su redacción definitiva, pero que fue dictando día a día con su vida a las compañeras de fundación. Ángeles Sorazu leyó y meditó diariamente esta misma Regla que abrazó como camino de identificación con los que ella llamaba “nuestros divinos modelos: Jesús y María”[2]. No sabemos el conocimiento que M. Ángeles tuviera de su fundadora, apenas la menciona en sus escritos, pero sí nos consta que entendió e integró en su vida el carisma que santa Beatriz dejó a la Orden. Ambas recibieron, vivieron y amaron el carisma identificándose con él, avanzando con ligereza por este “divino camino” (R. 2).

4. Ángeles Sorazu y el carisma concepcionista.
Exponer detalladamente los aspectos en los que se manifiesta la vivencia de M. Ángeles respecto al carisma de Santa Beatriz, sobrepasa los límites de esta sencilla comunicación. Nos detendremos únicamente en los tres ejes centrales que constituyen el seguimiento de Cristo en la Orden de la Inmaculada Concepción y que están bellamente recogidos en la Regla.
Según ésta, la vida monástica es el marco en el que se desarrolla la vida de la hermana concepcionista. Dos elementos la caracterizan: la contemplación, vivida en clausura; y la vida fraterna, en expresión franciscana. En la obra titulada “El resplandor de un carisma” se dedica el c. XII a este doble aspecto: Soledad monástica y vida fraterna, y se explica ampliamente cómo vivió M. Ángeles estas dos dimensiones: amante de la soledad y el silencio, que cultivó con esmero, era también extremadamente delicada en la caridad fraterna, cuya comunión alimentaba en la contemplación del misterio trinitario[3].
En la Orden de la Inmaculada Concepción, este ámbito claustral se adorna del ambiente amoroso y festivo del desposoriovistiendo el hábito de esta Regla, desposarse con Jesucristo nuestro Redentor (R 1)- y se viste de color azul, porque este desposorio se vive honrando la Inmaculada Concepción de su Madre (ib. 1).
Vida monástica, desposorio con Cristo Redentor y veneración del misterio de la Concepción Inmaculada de María son los tres fundamentos de la vida concepcionista que la Regla desarrolla a lo largo de sus doce capítulos.
M. Ángeles comprendió y amó estos pilares sobre los que fundamentó su vida espiritual, los abrazó con generosidad y se entregó sin reserva a la vivencia de su vocación contemplativa-inmaculista. En el transcurso de su vida constatamos su crecimiento espiritual hasta que, llegada a la madurez, la podemos contemplar hecha un solo espíritu con Cristo su Esposo, mediante el amor, meta a la que está llamada toda concepcionista, siguiendo la exhortación de R. 30.
Estos aspectos son de gran importancia y belleza pero no pudiendo desarrollarlos todos, quisiera recordar al menos algunos rasgos de la vida mariana de M. Ángeles Sorazu, ya que la Orden fue inspirada a santa Beatriz con el fin de honrar a la Inmaculada Concepción.
La vida mariana se desarrolló en M. Ángeles con un vigor asombroso. María la acompañó en su vida religiosa desde los primeros pasos hasta la cumbre de la vida mística. Es singularmente bello, por ejemplo, hallar la mediación materna de María en el momento de recibir la gracia del matrimonio espiritual -de cuyo acontecimiento se acaban de cumplir cien años-[4].
M. Ángeles define la devoción mariana como un “inspirarse para todo en la Virgen y hacerlo todo en unión suya[5]. La devoción a María se expresa en la consagración a ella y se traduce en la imitación, llevando a la propia vida este amor a la Inmaculada. Siguiendo atentamente las oraciones de consagración mariana de M. Ángeles, se observa que se trata de una entrega mutua, en la que ella pone en manos de la Señora todo su ser para así hacer todo a través de la Madre del Cielo y le ruega que también María se le entregue hasta el punto de llegar a poder exclamar: “Ya no vivo yo, es María quien vive en mí”[6], adaptando la frase paulina de Gal 2, 20.  
M. Ángeles sabe que puede hablar en estos términos porque contempla a María hecha “Templo de Jesús”, o lo que es igual, “digna morada”, como rezamos en la oración litúrgica de la solemnidad de la Inmaculada Concepción. Habitada por Cristo, puede atraer a las almas hacia sí, porque al introducirlas en su seno las lleva a Cristo Redentor, abriéndolas a la salvación que el Hijo nos ofrece, como bellamente describe M. Sorazu en su visión descrita en una carta dirigida al jesuita Nazario Pérez[7].
M. Ángeles contempla a María desde cuatro aspectos estrechamente relacionados entre sí:
-        María es “Inmaculada”: recibió de Dios Uno y Trino, el ser inmaculado, inocente, puro y santo. Nada más crearla, -desde la pura nada- la atrajo y aproximó a Sí[8];  
-        Es también “Templo de Cristo”, como acabamos de indicar;
-        Es “Esposa”, “volcanizada” por el fuego del Espíritu Santo, en la que M. Ángeles ve cumplido el Ct[9];
-        Y, finalmente, María es la pobre de Yavé, en quien se cumplen las bienaventuranzas[10], cuya humildad y pobreza están llamadas a imitar las hermanas concepcionistas (R. 7; 8; 18; 44). Por todo ello, merece el título y la misión de medianera universal de todas las gracias[11].
Al contemplar a María Inmaculada, creada por las tres Personas divinas, totalmente diferente a Ellas, ya que no tiene su misma naturaleza divina, pero partícipe de su santidad y pureza inmaculada, se despierta en M. Ángeles la llamada interior a participar en la pureza de la Toda Santa; nuestra concepcionista se ve envuelta en el amor de Dios y como respuesta a este amor se entrega en calidad de víctima[12]. Desde la vivencia del misterio de la Inmaculada, M. Ángeles hace vida el ideal que la Regla presenta a las hermanas: se entrega a Cristo Redentor y a su Madre como hostia viva en alma y cuerpo (R 2).
Finalizo mi exposición orando e invitando a todos a orar con M. Ángeles:
Madre de Dios y Señora mía, con todo mi corazón, me consagro enteramente a ti, entregándome una vez más en tus manos con todo cuanto soy y tengo, quiero vivir y morir en tu seno, ocupada toda en amarte y servirte, y contigo y en tí, amar y servir a tu Hijo Jesucristo, y en él y con Él al Padre y al Espíritu Santo. Así sea[13].
Muchas gracias. Obrigado.

[1] Sobre de las figuras destacadas cf. E. Gutiérrez, Brillarán como estrellas,  
[2] A. Sorazu, Autobiografía Espiritual, Madrid 1990, p. 119. En adelante citaremos únicamente como Autobiografía.
[3] Cf. M. N. Camps Vilaplana, El resplandor de un carisma, Toledo 2011, pp. 145-154.
[4] Cf. A. Sorazu, M. de Vega, Correspondencia entre santos, Madrid 1995, p. 605.
[5] A. Sorazu, La vida espiritual, Madrid 1956, p. 72.
[6] A. Sorazu, M. de Vega, Correspondencia entre santos 741.
 [7] Cf. A. Sorazu, Opúsculos Marianos, Madrid 1928, p. 21-22.
[8] cf. A. Sorazu, M. de Vega, Correspondencia entre santos 234-235.
[9] Cf. A. Sorazu, Opúsculos Marianos 68; 70-71; R. Olmos Miró, La Virgen María en la vida y los escritos de la Madre María de los Ángeles Sorazu, Sentemenat 2009, 187 ss.
[10] A. Sorazu, Opúsculos Marianos 69; R. Olmos Miró, La Virgen María en la vida y los escritos de la Madre María de los Ángeles Sorazu, 162; M. N. Camps Vilaplana, El resplandor de un carisma 58-62.
[11] Cf. A. Sorazu, Autobiografía 678; Opúsculos Marianos 15-20.
[12] A. Sorazu, M. de Vega, Correspondencia entre santos 235.
[13] Cf. A. Sorazu, Autobiografía 366.

domingo, 31 de julio de 2011

¿BODAS DE ORO? MÁS AÚN...

Celebrar un aniversario nos ayuda a crecer. Echamos la vista atrás para agradecer acontecimientos importantes, que normalmente hemos vivido en relación con otras personas, y que, en muchas ocasiones, han sido determinantes en nuestra vida. Repasamos la trayectoria recorrida, las dificultades superadas, los gozos recibidos… y terminamos dando gracias a Dios por todo: en las noches Él estuvo cerca para tender la mano y guiar, en los días de sol cada rayo de su luz era una pequeña teofanía de su gloria… y así la vida se va tejiendo, entre luces y sombras… bajo la nube durante el día y tras la columna de fuego en la noche… Celebrar 25 años es ya un paso, celebrar cincuenta es expresión de madurez, setenta y cinco años en la limitada vida humana es ya una heroicidad.
Este año la Orden ha celebrado, nada menos que quinientos años… ¡un derroche de misericordia divina, gracia tras gracia derramada sobreabundantemente…! Y M. Sorazu está también de centenario: cumple cien años de su matrimonio espiritual, una de las mayores gracias que recibiera en su vida.
Y… ¿qué fue para M. Sorazu el matrimonio espiritual? Ella misma nos lo cuenta detalladamente: Dios Uno y Trino se deja caer sobre ella y la penetra de tal manera con la fuerza de su amor que se ve metida en un mundo de fuego, donde no ve ni siente otra cosa que el amor, el amor infinito de su Dios, Uno y Trino. Entiende que se ha cumplido en ella el misterio de la divina unión, encerrado en las palabras siguientes del Evangelio: Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él.
El resultado es palpable: la esposa entra en una fiesta perpetua de la Stma. Trinidad, participa de su bienaventuranza, absorbe toda su atención; su vida se simplifica en la contemplación de un solo Dios eterno en Trinidad de Personas, en cuya Una Trinidad contempla la encarnación. La esposa ya no tiene que caminar como hasta aquí porque ya no hay camino para ella, se dilata la capacidad de su alma (La vida espiritual 147-157).
No podemos extendernos más en la descripción de tan gran acontecimiento ya que únicamente nos hemos propuesto hacer una breve mención. Se hizo ya un estudio más desarrollado en el c. IV de Vivirás una vida de amor. Que el recuerdo de este hecho sea estímulo para todas las hermanas y para todo seguidor de Jesús, a avanzar más y más en la configuración con Cristo, que nos abrió el camino hacia el Padre y, con Él, nos envía su Santo Espíritu.

sábado, 25 de junio de 2011

¡Vivir de la Eucaristía!



«Dios me colmó de caricias
y me trasplantó a otro campo
más fértil todavía,
asociándome a su Vida Eucarística.
Así fui elevada a más alto grado de unión divina»

«Cuando comulgaba
procuraba reproducir en mi alma  
los sentimientos que abrigara la Virgen Maríaen el momento de la Encarnación»

«Me ofrecía muchas veces al Padre
en unión de Jesús Sacramentado»





miércoles, 15 de junio de 2011

Ángeles Sorazu comparte contigo algunos de sus pensamientos...

La presencia divina me producía maravillosos efectos siempre».
«Vivía del amor e imitación de la Stma. Virgen y en Ella y con Ella amaba a mi Dios».
«Permanecía con el pensamiento y amor fijos en Jesús todo el día y parte de la noche».
«Tantas caricias me prodigaba, que no sabía qué hacer para corresponder a su ternura y amor».
«¡Qué maravilloso es Dios en sus relaciones amorosas con las almas que favorece con su predilección!»
«¡Qué lejos vivimos de la realidad divina!»
«Comprendí el infinito amor de Dios Padre al género humano que le moviera a entregarnos a su Hijo».
«Tomé la costumbre de ofrecer a Dios mi alma para que descansase derramándose en ella».